Por Ivana Romero. Lectura de Propiedad horizontal (Ed. Añosluz), de Damián Lamanna Guiñazú

El sueño de una casa propia

(Pequeña nota contextual: Esta presentación fue escrita a comienzos de marzo de este año. Actualmente el diario Tiempo Argentino se transformó en un proyecto cooperativo y volvió a garantizar la salida del diario de forma semanal. De este modo sienta un nuevo precedente en la lucha de los trabajadores de prensa por sus derechos laborales)

Hace unos días hablamos por teléfono con Damián. La conversación empezó con su libro. Es fácil decir “este libro me gustó mucho” pero el asunto es explicar por qué. En ese momento no pude decir demasiado mientras miraba los apuntes en mi block de notas. Podría haberle comentado que esos versos eran una casa donde pude sentirme cobijada. Pero no crean que los versos de Damián son blandos como almohadas, no. Son versos a través de los cuales susurra el viento, aún la tristeza, la evocación sutil de lo ausente. Entre esos versos caminan el amor y los fantasmas.

El asunto es que hablamos algo del libro y mucho de estos días. Entiendo que en las presentaciones lo que importa es el libro pero déjenme decir un par de palabras sobre el contexto, sobre nuestro contexto. Conocí a Damián por su trabajo en el área de prensa del Centro Cultural Haroldo Conti. Yo también soy trabajadora de prensa. Trabajo (o trabajaba) en la sección cultural del diario Tiempo Argentino. El diario atraviesa una situación complejísima y no quiero aburrirlos. Solo decirles que no cobramos nuestros sueldos desde diciembre. El diario supuestamente se vendió en enero pero el nuevo dueño nunca pagó e incluso, dejó de imprimirlo. Los trabajadores ocupamos pacíficamente las instalaciones hace más de un mes. Cada día publicamos un boletín con las novedades del conflicto pero también, con información de otros conflictos laborales que desde diciembre para acá comenzaron a multiplicarse con ferocidad. Mientras seguimos insistiendo ante el Ministerio de Trabajo, mientras hacemos mil actividades para nuestro fondo de lucha, mientras escribimos y resistimos, también hacemos algunas ediciones del diario tal como ustedes y nosotros lo conocíamos en estos casi seis años. De hecho, habrá una edición on line el martes próximo. Una edición “normal”, llena de información que producimos nosotros en tiempos que nada tienen de normales. Y haremos una edición en papel que venderemos en la Plaza el 24 de marzo.

Conocí a Damián por su trabajo en el Conti, ese espacio tan hermoso y tan digno, articulado a través de los conceptos de memoria, verdad y justicia, que funciona en lo que alguna vez fue el corazón horroroso de la dictadura, la ex Esma. Hablamos con Damián de lo que pasa allí hoy, del modo en que esas políticas que han servido para reparar en algo décadas de silencio hoy corren peligro. Hay silencios amorosos, como el que recorre la poesía de Damián. Hay silencios amenazantes, como los que recorren hoy nuestro país. En el medio, miles de trabajadores despedidos en el estado y en el sector privado. En el medio, miles de trabajadores silenciados.

El libro de Damián comienza con dos epígrafes, uno de Circe Maia y otro de José Watanabe. El de Watanabe dice “nunca traicioné las grandes verdades porque no las tuve”. Este libro está hecho de pequeñas verdades, como los buenos poemas. Porque los buenos poemas sólo necesitan ser fieles a sí mismos y a quien los escribe. Los poemas admiten la contradicción, la duda, estar feliz un rato, estar triste otro, sentirse a salvo y al acecho a la vez.

Me gusta la idea de las pequeñas verdades. Con esa idea fui recorriendo los distintos poemas, las distintas habitaciones de esta propiedad horizontal. Pero claro, una lee aquello que la habita. De manera que mi block de notas empezó a llenarse de frases que están en el libro y que por una razón u otra, me resonaron de modo particular. “Ser la propia casa”, “El caos mueve a las palabras”, “Recorrer la casa a oscuras sin caerse”.

Este es un libro que transita de una casa a otra, de la casa de la infancia a las casas de la adultez, sea lo que sea que signifique convertirse en adulto. Quien habla en estos poemas tuvo que abandonar ciertas casas sin llevarse todo, dejó por el suelo monedas o billetes azules que le regalaron cuando chico. De todos modos, la herida no está ahí sino en aquellas cuestiones que el alma lleva de un lado a otro porque la constituyen. Por ejemplo, la muerte. Por ejemplo, esas cenizas de una madre que se expanden de modo sigiloso pero audible a los pies de varios poemas.

Por suerte, el amor sostiene los andamios de esta propiedad horizontal. No es un amor hecho de grandes verdades o de escenas grandilocuentes. No sé por qué cierta narrativa convencional necesita hablar del amor con gritos desgarrados, con boleros llenos de dulzura o desconsuelo, con imágenes impactantes en islas paradisíacas que quizás no existan y que, en cualquier caso, nada tienen de la intimidad necesaria que el amor necesita para decir “aquí estoy”. En los poemas de Damián, el amor se refugia en lo cotidiano. Habla desde esa voz, desde lo que requiere construcción constante, paciente. “El amor, tan doméstico, desbordado contra la pileta de la cocina / después de una fiesta / o de un día de trabajo”, escribe Damián. Ahí, creo, está la fuerza de lo amoroso. Ahí, en esa agua que desborda.

Uno de los últimos poemas dice “lo único que pido y pongo me fe en todo eso / es que los hilos de luz no pierdan esta fuerza / de andamios milenarios para sostener el aire”. Se trata casi de una plegaria. Y como todas las plegarias bellas, yo siento que me ayuda a sostener el alma hoy. Mi alma un poco desmoronada, un poco dubitativa, un poco oscura a pesar de todo lo luminoso a lo que me aferro.

Creo, justamente, que los buenos poemas son una forma de plegaria, son un acto de confianza en aquello en lo que se cree. Los grandes constructores tienen planos, fórmulas de ingeniería, ladrillos y enormes máquinas para ir levantando la pared de cada edificio, de cada casa. Los poetas apenas tenemos unas palabras que se mecen bajo el viento como telitas de araña, como hilos de luz. Esas palabras tienen, sin embargo, la confianza milenaria en lo que otros hicieron antes que nosotros, tiene esa confianza en las voces que nos trajeron hasta acá. Yo siento que los poemas de Damián están hechos de esa materia, sagrada y precaria a la vez. La única materia que conocemos para aferrarnos a un mundo que a veces nos cobija y a veces se desmorona. Un mundo que es también posibilidad de encuentro y de resistencia.

Con Damián, hasta ahora, nos habíamos encontrado para hablar de trabajo. Hoy nos encontramos para celebrar su nuevo libro. Algo hicimos bien, creo. A pesar de los que nos quieren robar las palabras acá estamos, diciendo, celebrando, resistiendo. La poesía es esa casa amable que nos cobija mientras afuera sopla el viento.

Muchas gracias.

                                 Ivana Romero

                                         (Leído el 11 de marzo de 2016)   

 

 

Selección de Poemas

 

 

1
Foto: Natalia Leiderman
ya no vivo acá
voy soltando el ritmo, las distancias
que tallan la forma de una nueva casa
ya no vivo acá y sin embargo
vuelvo en cada órbita
a llevarme a mis fantasmas
convencerlos del peligro
de ir dispersos entre perros y escaleras
que no sienten, será eso
la vida en mil fragmentos
decir quién soy desde cero
cuando piso un barrio nuevo
sonreírle a todo el mundo, ya no
vivo acá y un caracol emerge
desde el agua, las macetas, con sus voces
soy mi propia casa
la que siempre está pendiente
la que nunca está vacía


11

para criar una casa nueva
lo primero es conocer de qué murió
la luz que resiste en los metales
el polvo
siempre vuelve
lo segundo son las reglas
esa madre encadenada
en los ojos con los que miro el mundo
llegás con un bolso que desborda,
antiparras gigantes
un ejército exclusivo
para discutir con el olor de las cosas


24 / mudanza

hoy juntamos nuestros libros en una gran biblioteca
una pared donde volvemos
al azar
elijo una violencia que no conozco
y entre las hojas de un poema
encuentro el cuerpo vivo y seco
de una flor que respira desde otro tiempo
un tumulto que quizá fue rojo
y alguna vez te habrá sujetado el pelo
imagino
que era marzo y sonreías
una canción sobre un mundo que valía la pena
todavía se oye
el motor del lago quieto, el golpe de los peces una flor
es el disparo de un fantasma
herida actualizada, la carne más dulce
que se hamaca
entre árboles panzones, tus mejillas
petrificadas como el mismo
lago con faroles que ve
pasar una canoa cargada de voces
encontré una flor un pedazo de futuro
sonriendo y no lo aprieto ni hago polvo
agarro su poder para olerlo
le doy un abrazo
a lo que viene al lado tuyo
la sombra digestión de quienes vemos
y somos
esos pedazos de vida acumulados
baldosas con charcos que se evaporan
y forman una película
para multiplicar la luz por toda la casa




25 / el árbol que plantó mi padre empuja la noche

es un tótem desnudo frente a la ventana
y yo, que abandoné la casa hace tiempo
apenas puedo aferrarme a su corteza
con el pensamiento
dejo que su cuerpo frío
encalle sobre el corazón sin mover las aguas
la oscuridad se despliega
como un fruto
cae en la anarquía de las estaciones
el tilo que una vez plantó mi padre ahora
hace palanca en los cimientos de la casa
igual a la uña sobre una herida ya ha comenzado
por las baldosas negras junto a la puerta, un abismo
de raíces y cemento para que las rodillas se partan
no recuerdo
cómo fue el comienzo para él
que alguna vez levantó edificios y dirigió un ejército
de tubérculos invisibles. habrá clavado sus manos
bien hondo en la tierra, un útero
del tamaño de su cuerpo fuerte envejecido
cuál es el precio de abrir el suelo, grabar una vida
que no nos pertenece o simplemente
¿la subida continúa tranquila como un viento de diciembre?
mi padre plantó un árbol flaco, quinto hijo
para los pájaros y la música que petrifica la mañana
por eso escucho su mensaje a la distancia
un cuerpo dócil
hace de la casa un barco a la espera del viento
el deseo que me llevó a vivir cerca del bosque
como un hombre silencioso
que planta un tilo en la puerta de su vida
antes de despedirse